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El profético final de Black Sabbath

Sabbath

2016 fue un año de enormes visitas. Arrancó allá lejos y hace tiempo con los Rolling Stones. Luego siguieron Coldplay, Paul McCartney, Aerosmith y Guns N’ Roses. Un manojo de nombres que puso a prueba hasta la billetera más abultada. Pero faltaba una última función. La definitiva. La épica. La que Ozzy Osbourne, Geezer Butler y Tony Iommi debían brindar en Vélez bajo la mística de Black Sabbath.

Después de una copiosa lluvia caída sobre la Ciudad de Buenos Aires, Vélez fue epicentro de una despedida plagada de matices positivos. La primera cuestión a destacar fue que una organización de un show internacional, por primera vez en mucho tiempo, acertó con las bandas soporte. Primero pasó Viticus y su constanbte coqueteo con Riff, ícono local de la cultura heavy y legado vivo de la parte rabiosa de Pappo. Después llegó el turno de Rival Sons, la grata sorpresa de la noche que, por momentos, invocó el espíritu de Led Zeppelin.

Pasadas las 21, el escenario fue tomado por una realista animación apocalíptica que ofició de intro para que las más de 30 mil almas entren en trance. Acto seguido, Ozzy salió a escena lookeado completamente de negro, saludó con su particular carisma y pegó el primer golpe con una sórdida versión de “Black Sabbath”, tema incluido en el álbum debut de los pionera del heavy metal.

Osbourne, muy receptivo y feliz con el público argentino, pidió un grito para iniciar “Fairies wear boots” el segundo tema del setlist que contó con la magia de la mano derecha de Iommi sobre las seis cuerdas, que marcó cada nota y tiempo con absoluta precisión. Sin exagerar, Tony, un dignísimo luchador de la vida, brilló más que su cruz plateada.

Luego llegó el turno de “After forever”, canción que formó parte del álbum “Master of reality” y que despertó el ensordecedor coro de los fanáticos. Primer gran golpe de la noche que inmediatamente fue completado con “Into the void”, otra perla metalera tocada a la perfección.

En esta parte del show ya habían quedado claras algunas cuestiones. Grupal o individualmente, el nivel musical de Black Sabbath estuvo por encima de las expectativas. Se retiran en un momento inmejorable. Incluso Ozzy, criticado históricamente por su “rara” afinación vocal, cumplió notablemente con su rol. Por otra parte, el público no abusó del celular como en otros eventos, donde la luz blanca tapa cualquier propuesta visual salida del escenario.

“I can’t hear you”, un latiguillo made in Ozzy, arengó a las huestes del metal para darle la bienvenida a “Snowblind”, una de las gratas sorpresas de la jornada recibida con mucha energía desde los cuatro costados.

Después de esa arremetida, silencio y oscuridad. Algo estaba por pasar. Había olor a caos y peligro. En eso, una sirena y una luz roja copó la parada en el José Amalfitani. Ese sonido, usado por Lemmy Kilmister en “Bomber”, no era más que el preludio de “War pigs”. ¿Cómo sonó? Densa como siempre, inolvidable como nunca. Para remarcar, las entrañas del estadio vibraron en cada nota. El coro y el pogo del fan argentino es cosa seria. Sobre todo cuando se trata de tamaña despedida.

Post clímax, Osbourne advirtió que la próxima canción sería “Behind the wall of sleep”, donde Geezer Butler exprimió todo el jugo de su bajo ante la multitud que lo premió con un cálido aplauso. Era la calma que antecedía al huracán. o mejor dicho a “N.I.B.”, otra bomba heavy que, para muchos, fue la mejor performance del recital.

Una vez finalizado el tema, Black Sabbath hizo gala de su humildad y dejó al mando a Tommy Clufetos, el joven baterista que interpretó un ruidoso e interactivo solo de batería. Él marcaba, ellos gritaban. Él golpeaba, ellos bramaban. ¿Un poco largo quizás? Sí, pero la idea era nombrar al hombre que reemplazó a Bill Ward en estos últimos años como uno más de la religión.

Finalizado el mini set, Ozzy reingresó a su hábitat natural para iniciar el principio del final. Con “Rat salad”, la cocción abandonó el fuego lento para ir hasta el máximo. La banda debía hacerlo así porque, luego, llegaría “Iron man”. ¿La mayor explosión de la noche? Hasta ese momento, sin dudas: el riff principal de la canción fue coreado de punta a punta.

Ya algo cansados, los músicos aceleraron el motor para enhebrar “Dirty women” y “Children of the grave”, las dos últimas bocanadas de metal previstas en el set original. Pero quedaba el único bis de la noche. El que no podía faltar por nada del mundo. Lo que se necesitaba para abrir las puertas del cielo y el infierno.

Iommi, el hombre más aplaudido de la noche, inició la ceremonia de destrucción con los primeros acordes de “Paranoid”, el emblema absoluto de Sabbath. Más lenta, pero igual de profunda. En simultáneo, la gente vivía el momento como podía: grito, llanto, salto o abrazo profundo con su ser querido.

Era el final. No había tiempo más que para que los héroes del metal se reúnan en el escenario para el saludo que los coronó como los reyes induscutibles del género. Por suerte estuvimos ahí para vivirlo. Ahora podemos irnos en paz. A donde sea que suene una de Black Sabbath…

Por Gonzalo Lettieri.

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El profético final de Black Sabbath Reviewed by on 27/11/2016 .

2016 fue un año de enormes visitas. Arrancó allá lejos y hace tiempo con los Rolling Stones. Luego siguieron Coldplay, Paul McCartney, Aerosmith y Guns N’ Roses. Un manojo de nombres que puso a prueba hasta la billetera más abultada. Pero faltaba una última función. La definitiva. La épica. La que Ozzy Osbourne, Geezer Butler y Tony Iommi debían brindar en Vélez bajo la mística de Black Sabbath.